Cientos, miles de palabras, siempre desde el victimismo perpetuo, que nunca se sacia , que nunca tiene bastante, siempre tiene la culpa el otro. Provocación, dignidad, soberanía, desafección, el pueblo, el pueblo, siempre el pueblo. El pueblo catalán, por supuesto que, dicen los exégetas, ha hablado con la Manifestación, con la Gran Manifestación, asi con mayúscula. Todo ello para resaltar que la misma ha sido un parteaguas, algo a partir de la cual las cosas nunca serán lo mismo. Como dice Montilla, ese nacionalista de nuevo cuño que se vió forzado a abandonarla, quien piense que dejando pasar el tiempo las cosas serán iguales , se equivoca.
Al fondo, siempre la fabricación de mitos, rasgo inherente a todo nacionalismo desde su creación romántica. Reescribir la historia (a veces, hasta la geografía), la antigua y la más reciente. Por ejemplo, las cifras de esa famosa manifestación. ¿Cuántos acudieron? Hablar de millón o más es ridículo pero no hay como sostener una mentira, desde instancias oficiales y los medios que apoyan (que son todos en ese oasis catalán) para que se convierta en verdad. Pero la verdad es que a esa manifestación acudió, como mucho, un mínimo porcentaje de la población de Cataluña y además no todos pedían la mismo. Como la verdad es que el Estatut fue aprobado por poco más de un tercio del censo.
Cifras interesantes pero insuficientes para cambiar el curso de la historia. Sobre todo porque para cambiar la institucionalidad, si a uno no le gusta, los procedimientos son otros. Son los que marca el entramado legal, jurídico e institucional de un país, en nuestro caso la Constitución vigente. Las tomas de palacios de invierno acabaron hace mucho tiempo aunque resulten románticas, como los nacionalismos en su origen. Podrá gustar o no la sentencia del Constitucional sobre el Estatut pero es consecuencia de la legalidad vigente. (Otro tema es la actuación bochornosa de ese órgano, resultado de su limitado concepto de la dignidad así como de los manejos de los dos partidos mayoritarios. )
En ese asalto al palacio de invierno en el que casi todo vale, como estamos viendo tras la famosa manifestación, los “asaltantes” , dicho sea metafóricamente, cuentan con el impagable apoyo del, se supone, vigilante de la legalidad y su aplicación. No es otro que el presidente Zapatero, impulsor insensato de un proceso estatutario que cuando se inicia tenía el respaldo del tres por ciento de la opinion pública catalana y que ahora aboga por circunvalar la sentencia buscando restablcer el Estatut en ” su integridad”. Como diría un clásico, con un par. Todo ello jaleado y estimulado por la totalidad de los medios de comunicación catalanes ( ver un articulo imprescindible de Carlos Martínez Gorriarán en su blog del pasado 5 de julio), piedra angural de ese ” fer pais” de Pujol que el elitista Maragall primero y el oportunista Montilla después, han mejorado.
Con todo ese apogeo del victimismo, del “no nos entienden” no es extraño que el tema sea objeto de creciente preocupación ciudadana y que ese proceso se autoalimente. La desafección, se nos dice, crece alarmantemente como crece el sentimiento separatista y antiespañol. Lo dicen incluso ” hombres de Estado” como Duran i LLeida. Si lo dice él y un padre de la patria como Roca, la cosa, piensan algunos, debe ser verdad y grave.
Los árboles no dejan ver el bosque. Pero afortunadamente tenemos en breve fecha una gran oportunidad para intentar ver el panorama más claro: elecciones autonómicas. Que cada partido lleve clarito lo que quiere y lo que propone, sin metáforas ni mentiras y que decidan los votantes que, es de temer, serán cada vez menos. Entonces tendremos más y mejores elementos para saber lo que piensa ese famoso “pueblo” que lo mismo vale para un fregado que para un barrido. Aunque es de temer que los partidos, tanto los nacionalistas como su asimilado el PSC, no dirán la verdad de lo que quieren, una vez más. Así volverá a reinar ese victimismo basado en falacias y ensoñaciones, tan propias de todo nacionalismo.
Nota biográfica