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Directora: Carolina G.-Cortines - Nº 149 -  9 / IX / 2010 
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Javier Pérez Pellón

OPINIÓN

La caída de los dioses

Javier Pérez Pellón
 

El repaso de la memoria ha sido siempre la asignatura pendiente en el difícil aprendizaje de entre todas aquellas lecciones cuyas páginas hemos pasado y repasado durante el transcurso en la escuela de nuestra existencia. Volvemos la vista atrás y apenas si reconocemos los rostros y los gestos y las voces que iluminaron con sus sonrisas abiertas a los compañeros, amigos y parientes, que compartieron nuestra andadura por los senderos de la vida. Hoy no son más que vagas e irreconocibles sombras que se desvanecen a la caída del sol, en el contraluz de un horizonte plano y sin esperanza.

Y, sin embargo, esas sombras, hoy cenizas esparcidas en mil cementerios de España, tuvieron un día nombre y sentimientos y en su almario anidaba el hálito de la esperanza y brillaba, como los rayos del sol que reflejan su luz sobre las aguas calmas del mar, la suave brisa de la fe en un futuro pletórico de bienaventuranzas e infinidad de proyectos que la imaginación fabricaba con su inmensurable capacidad creativa.

Decididamente el verano, con sus largas jornadas de luz, es la pausa estacional que más nos invita a pensar en los recuerdos almacenados en el recóndito de las alacenas de la memoria. Quizás porque la calura ralentiza el ritmo de la vida y con él nuestro proprio bioritmo o porque, inevitablemente, pensamos que el verano está enlazado con la holganza vacacional y ello nos da pie para pensar en lo que fuimos, en lo que somos, en el cada vez más corto plazo de lo que seremos y dejaremos de ser para siempre y en la gente que se cruzó en nuestro camino, en un instante fugaz o en otros que arraigaron de una forma más penetrante o, incluso, decisiva y que se grabaron con fuego en el crisol de nuestros sentimientos.

El calor del día reverbera con fuerza en este soleado verano sobre el asfalto de Roma y de Florencia, -las dos ciudades que contemporáneamente habito en un incesante ir y venir de la una a la otra-, y la humedad penetrante con que el Tíber y el Arno hace poco menos que axfisiante el aire enrarecido que a duras penas respiramos.

Y es entonces cuando busco refugio en los bancos de las majestuosas naves de sus iglesias y basílicas, aireadas y silenciosas, y me paro a dialogar sin palabras, en el idioma de las sensaciones, con las escenas de vida que se desarrollan en los muros afrescados por Ghirlandaio o Masaccio o Fray Angelico o Andrea del Sarto o Botticelli o Rafael… o en los lienzos de Caravaggio con sus modelos elegidos entre los pícaros de los barrios populares de Roma para representar a San Pedro o a San Pablo o a la Madonna o a San Juan o a San Mateo. Es una forma, como otra cualquiera, para enlazar el pasado, eternizado en el tiempo del arte, del que procedemos, y por lo tanto comprendemos, con ese otro, que por muy remoto que le creamos, forma parte de nuestro ayer inmediatamente vivido.

Hace apenas un mes hablaba, en estas mismas páginas, de uno de esos encuentros fugaces, con una “divina criatura”(título de uno de sus films más afortunados), Laura Antonelli, que con su belleza de formas torneadas en su justa medida, cabellos castaños y cautivadora mirada de sus ojos color de miel, tal que hizo definirla a Luchino Visconti, que la dirigió en “El Inocente”, como “la mujer más bella del universo” y que durante la década de los 70 y hasta bien entrada la mitad de los 80, fuera el oscuro objeto del deseo, el prohibido sueño erótico de centenares de millones de espectadores, sobre todo europeos, que, por aquel tiempo, todavía llenaban las salas cinematográficas. Hablaba en aquel reportaje de cuando la conocí y la entrevisté para la TVE en el vértice de su popularidad, en el epicentro huracanado de su explosiva belleza y en la lenta, implacable y demoledora caída, física, sentimental, psíquica y moral, por el tobogán que ha terminado por reducirla a un estado de casi total indigencia material. Vive en la soledad de un pequeño apartamento a las puertas de Roma, con una pensión de 500 euros mensuales que, en abundancia de males con que el destino la ha obsequiado en la fase terminal de su existencia, dada la precariedad de sus condiciones mentales, tiene que administrarlos un caritativo abogado.

Hoy, por casualidad, ha caído en mis manos la fotografía, un primer plano, de un señor de descuidado vestir, rostro hinchado y barba sin afeitar de varios días, mirada perdida en un vacío que sólo puede reflejar el guiño inimitable y revelador del uso, o abuso descontrolado, del alcohol y de la droga. Tiene sólo 66 años de edad, pero podría representar al menos quince más de los que, sin duda, estarán registrados en los archivos anagráficos de Viena, su ciudad natal. Se llama Helmut Berger y entre la mitad de los 60 y de los 70  representó, como ninguno otro actor en el universo cinamatográfico, la belleza masculina perfecta encarnada en la juventud triunfante, descarada y altanera, de quien no conoce límites al exceso irreflesivo del goce de los placeres que le ofrecía una vida pletórica de éxitos profesionales pagados con un río de dinero.

Le conocí a principios de los 80, ya “viudo de Luchino Visconti desde el 17 de marzo de 1976”, -desde cuando el gran director italiano, de rancia alcurnia aristocrática milanesa y de refinadísimas formas de vivir y de hacer un cine memorable, murió a los sesenta y nueve años de edad en su casa de Roma- , según me confesó teniendo siempre e ininterrumpidamente una copa de whisky o de ginebra o de vodka ¡qué se yo cuántas bebió en aquella ocasión! en una larga conversación que tuve con este bello “tenebroso”, protagonista, entre otros muchos films, de “El jardín de los Finzi-Contini”, dirigido por Vittorio De Sica y ganador de un Oscar, en Hollywood, a la mejor película de lengua no inglesa.

El encuentro con Luchino Visconti tuvo lugar en 1964, cuando Helmut Berger tenía poco más de veinte años y era un brillante estudiante con mil esperanzas en las alforjas de su bella juventud apenas estrenada.

El director italiano tenía cincuenta y ocho años, y era ya uno de los grandes maestros del cine mundial y autor de obras maestras como “Rocco y sus hermanos” o “El Gatopardo”. “Conocí a Luchino Visconti, -estas mismas o parecidas frases las ha repetido el actor en muchas otras ocasiones, pero en mis apuntes anoté lo que entonces me dijo- , en 1964 mientras rodaba unos exteriores en Volterra. Yo era un estudiantes de idiomas y asistía como espectador al rodaje. Apenas me vió cuando comenzó a cubrirme de regalos. Al principio resistí y lo consideré como un juego. Sólo un poco más tarde me he enamorado. La gran tragedia es que me he quedado viudo con tan sólo treinta y dos años. Con Luchino ha muerto también una parte de mí mismo y por ello he intentado suicidarme en más de una ocasión”.

Cuando explotó el amor y en el transcurso de pocos años Visconti hizo de Helmut Berger una gran estrella dirigiéndole en modo magistral en cuatro films: “Las brujas (1967)”, “La caída de los dioses (1969)”, “Ludwig (1972)” y “Grupo de familia en un interior (1974)”. Pero sería, particularmente, “La caída de los dioses” a consagrar a Helmut Berger como a uno de los más grandes actores de su generación. Aquella interpretación le valió una candidatura a los premios Golden Globe de Hollywood.

A pesar de la gran interpretación del joven nazi en este film, sería “Ludwig” la que le reservaría un puesto en la leyenda del cine. Encarnando la personalidad de Ludwig Wittelsbach, el atormentado rey de Baviera, primo de la reina Sissí, que en este film interpreta Romy Schneider, el personaje que le hizo universamente famosa, Helmut Berger cosechó los premios más codiciados del cine europeo adquiriendo, a la vez, las proporciones de un estrellato internacional.

Fueron años, aquellos años, en que su vida profesional navegaba viento en popa, rodaría en la totalidad de su carrera cerca de ochenta films. También su vida sentimental le regalaba momentos de extasiante felicidad. “Con Luchino tuve una relación de fuertísimo entendimiento. Y de gran formación” . Luchino Visconti y Helmut Berger no fueron sólo amantes. Les dividía la diferencia de treinta y ocho años de edad. Una relación, en cierto modo, de corte clásico que recuerda a la de la antigua Grecia, de maestro y alumno. “Luchino estaba enamorado de la cultura alemana: Yo era para él la personalización de esa cultura. Después de “La caída de los dioses”, pensábamos rodar ‘La montaña mágica’ y ‘El joven Torless’. Y así el joven actor creció, junto a Visconti, en un mundo de cultura, de grandes artistas y escritores, americanos, franceses, alemanes, italianos…

Por otra parte los doce años transcurridos por el “alumno” al lado del “mestro”, dejaron profundas huellas en el modo de comportarse de Helmut Berger de frente a los problemas de la vida diaria. “Luchino me ha confundido muchas veces, porque de rico aristocrático que era no tenía ningún sentido de lo que era el dinero. Y entonces yo encontraba normal el encargarme diez trajes de una vez o regalarme un Masseratti en vez de meter el dinero en un banco y hacer un poco de ahorro y así, cada día voy de mal en peor…”.

Y tan de mal en peor, pues desde que yo le conocí, “viudo” de sólo pocos años, hasta hoy, cuando contemplo esta fotografía, de un señor de sesenta y seis años, de rostro hinchado por el exceso de alcohol y abuso de la cocaína y que vive con la mísera pensión de 200 euros mensuales, ha dilapidado una gran fortuna, viviendo, siempre muy por encima de sus posibilidades reales. “Bebo porque me da fuerza y seguridad”. Este “desperdicio humano”, paradigna un día de la belleza masculina, vive hoy día de la caridad de una antigua amiga suya, la condesa Sylvia Serra de Cassano, en la villa que la aristócrata de origen italiano posee en Ibiza. Todavía podría vender unas cuantas joyas valiosas heredadas de la madre, fallecida en el mes de octubre del año pasado, y unos cuantos cuadros que le dejó Luchino Visconti. “Cuando no tenga nada ni sitio donde alojarme pediré un puesto en un asilo”. El mundo nos depara muchas veces el descubrimiento de viejas fábulas ¿Para aprender, con su ejemplo, algo de ellas o, simplemente porque suceden y basta?. El verano es buen estación para entrenerse un rato con ellas.

Nota biográfica

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